En su origen era un local sin divisiones en una única planta, incluido en un edificio de 6 alturas; transformado ahora en una vivienda abierta de dos niveles, funcional, cómoda y muy actual. El local consta de dos fachadas, una principal a la calle Zaragoza, y una fachada posterior al patio interior de la manzana. Nada de tabiques, mucha luz y un sutil juego cromático son las principales bazas de este loft.
Esta casa, ubicada en un bajo de la calle Zaragoza, en Burgos, esconde tras su fachada una mezcla de modernidad y espacio. El local consta de 113,96 metros cuadrados en planta baja y 26,34 metros cuadrados en entreplanta.

Basado en una estructura anterior que conserva la fachada comunitaria, se superpuso una celosía metálica a modo de segunda piel que unifica el frente de la vivienda a la vez que deja ver la fachada original, relacionándose así con el resto del edificio. La puerta de entrada de chapa negra remarcada en madera enfatiza el acceso.

Las zonas de uso común, salón, cocina, aseo, zona de estudio y descanso, se situaron en la planta inferior, compartiendo una misma y extensa superficie abierta donde los propios muebles actúan como barreras que demarcan cada uno de los ambientes. La continuidad visual, imprescindible, se ha conseguido de forma muy efectiva a través del color.

El dormitorio principal requería privacidad, así que, aprovechando la altura que ofrecían los techos, se construyó un altillo para ubicarla. Una zona de armarios a modo de vestidor y un baño completan el conjunto de la entreplanta. El altillo no se limita con cerramientos, fluyendo el espacio entre la entreplanta y la planta baja. Una esquemática escalera metálica, con una ligera barandilla, comunica los dos niveles sin invadir apenas el espacio.

La elección del blanco como color dominante ha sido clave también para potenciar la enorme luminosidad de la que disfruta el loft gracias a los grandes ventanales que hay en el frente y en el fondo del local.